Hoy es el Día Mundial de la Tierra. Un día en el que estamos invitad@s a prestar un poco más de atención a nuestro planeta, un día que debería ser festivo y de festejos de aquí a poco porque hayamos conseguido paliar la catástrofe ambiental (y, con ella, social) que estamos provocando.

Desde hace muchos años se nos viene alertando de los peligros que corremos si seguimos por este camino de desarrollo soportado por la destrucción del entorno natural. Rachel Carson publicó en 1962 «Primavera silenciosa«, en el que ya advertía de los peligros del modelo agrícola que se estaba desarrollando brutalmente en esa época (y que ahora impera y contamina nuestro planeta); en 1972 se publicó uno de los informes más claros y sonados de la ciencia ambiental, «Los límites del crecimiento«, que alertaba también del peligroso camino que había cogido nuestro desarrollo. Muchos informes, reuniones, «COPs»… pero tiene que ser que nuestra salud se ponga en riesgo para que paremos y dejemos respirar al planeta. Y es que este virus, como tantos otros que han aparecido en los 20 años que llevamos de siglo XXI también son señales que nos da la vida. Esperamos que esta sea la buena y empecemos a tomarnos en serio lo que verdaderamente importa.

El planeta respira, el planeta tiene funciones vitales, el planeta se autorregula. Igual que cualquier otro ser vivo. Esta es la teoría que James Lovelock desarrolló, junto con Lyn Margulis, publicada en 1979 y de la que muchos científicos se burlaron. Poco a poco esta teoría ha ido tomando fuerza, apoyos y solidez.

En este programa de Redes, James Lovelock y Eduard Punset dialogan sobre Gaia:

Vivimos en un planeta en el que han pasado muchas, muchísimas cosas desde que dejó de ser una roca de fuego inerte. La vida ha colonizado ese pedazo de roca y lo hemos convertido en parte de la vida. Apenas quedan lugares en los que no hay vida. Muchos de los minerales que usamos en la actualidad están producidos por la acción metabólica de bacterias del pasado, la intensidad del Sol ha variado tremendamente y gracias a los microorganismos y los procesos de la vida, la temperatura apenas ha variado en miles de millones de años. Incluso el aire que respiramos está generado por la acción bacteriana hace millones de años.

El planeta es vida y la vida depende del planeta. Por ello esperamos (y trabajamos para ello) que en no muchos años la celebración de este día signifique celebrar la vida en lugar de recordarnos que tenemos que cuidarla. Y lo celebraremos porque ya no hace falta recordarlo, porque formará parte de nuestros hábitos y rutinas. Cuidar y cuidarnos.

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